20100705

Alicia

Sus dedos, arrugados por el sumergimiento tan prolongado, componían una hermosa y épica historia. Cada surco, con su pertinente recorrido, daba misteriosas vueltas, ahondaba en ciertos momentos y en otros casi desaparecía al aliarse con otro camino similar. Algunos, incluso, llegaban un poco más allá, decorando la mano con historias de hadas, elfos y duendes, propios de una niña de su edad.

Cabellos negros, ojos marrón, la tez pálida y casi violacea... su menudo cuerpo descansando... los labios, delgados y rojos casi superpuestos en su rostro por quizás 8 años... la mirada inocente perdida en el espacio, como si las primeras luces de la primavera hubiesen retrocedido para dar paso al invierno y así remitir pero no apagarse jamás...

¿Angustia? no. Luego de 5 años en la policía dejas de ver en cada víctima a tu esposa o a tus hijos. A los 10, niñas como Alicia, tiradas al río por unos drogadictos en busca de dinero, dejan de ser siquiera humanas, pasan a ser cuerpos lodosos, sangrientos, abiertos desde sus entrañas para contarle al mundo sus más tristes secretos, su realidad ( que claramente ya dejó de importarte hace unos años).

Ella es sólo un cuerpo más, a nadie le importa a que edad perdió su primer diente...
a que edad comenzó a caminar,
a que edad dijo su primera palabra...

Y luego de que en el mismo incidente matasen a la mayor parte de su familia, a nadie le importa ya que mi niña haya muerto.

20100513

Ciertas Lunas

Hay ciertas noches, con ciertas lunas, en que no acierto a la coherencia de este corazón enmudecido. No sé lo que quiere decir, o quizás lo sé demasiado para entenderlo.
Es ahí, en esa confusión (o negación perpetua) en que se desprende de mi piel un caminito de hojas secas. Es poco probable que alguna vez hayas visto algo así, piel (morena como la mía) expandiéndose para luego aplanarse y dar a luz hojitas secas. Puedo estar al menos media hora así, mientras la única iluminación que ronda mi mente es esa pálida luz de luna, lúgubremente acariciando mi tez.


Cuando ya no hay más que hojas secas a mi alrededor, cuando la piel se me ha desprendido definitivamente, me recuesto en el seco lecho, el carmín de mis músculos sangrantes haciendo tono con la resequedad del paraje. Mi pelo negro ( y ahora un poco rojizo) enredándose en mi brazo, pegoteándose con los residuos viscosos de lo que fui. Cuando al fín, el cuadro queda completo, dejo mi mente volar hacia tu ventana, haciéndote señas para que me tengas en tu mente.


Cuando ciertas noches, ciertas lunas, le aciertan a mi corazón... y la angustia no hace más que darle un matiz distinto a la sinfonía, pienso en tí para acallar mi alma. Pienso en el silencio de tus besos, en el candor de nuestro cariño. En mi corazón amordazado.

20100331

En la habitación tono sepia.

Las flores que había recogido yacían marchitas en su mano. Las mejillas, alguna vez sonrosadas de juventud, estaban ahora pálidas y llenas de surcos. Las sombras irregulares de su cara se desfiguraban a ratos por la llama de la vela que reinaba en un costado de la habitación.
Ella estaba recostada en la cama, como hace días.
Después del paseo que tuvo que dar, buscando las medicinas de su esposa, las flores ya no revivirían ni aunque las pusiera en agua. Les miró con lástima. El café de los humildes pétalos combinaba con la habitación de tonos sepia, y con la bolsa de papel en su otra mano.
Intentó alzar la mano para mostrarle las flores (hace tanto enferma), pensó en decir algo. Ella no levantaría la cabeza. Se remojó los labios y movió la lengua inquieta dentro de la boca. No salió más que un murmullo de la anciana cavidad.
Salió del umbral de la puerta y avanzó hasta el velador al lado de la cama (donde ella yacía)
Dejó la bolsa de papel en el mueble, dando la espalda al catre. Las flores las dejó al lado del florero, donde otras más marchitas ya pacían.
Cerró los ojos y aguantó. Esperó oir algún ruido. Bajó los brazos desanimado, apretó los puños varias veces, juntando fuerzas y se volteó.
Ahí pálida, los ojos cerrados, tez como la cera, yacía inerte, inmóvil para siempre, la que eternamente sería su amada.

20100318

Carmín.

Carmín sólo sentía el frío y reía. Sentía sus brazos húmedos y se revolcaba en la  viscosidad con ojos alegres mirando el cielo. La sangre teñía su ropa y ella no lo notaba. PAtaleaba como si tuviese 10 años y estuviese en una piscina gigante. Agitaba sus brazos tratando de avanzar de espaldas, pero sólo lograba revolver más la masa que le rodeaba. Reía, sus carcajadas reumbaban con un eco terrorífico en la inmensidad del lugar. Las paredes blancas y el altísimo techo, asimilando una caja, no hicieron más que observarla, impasibles. 

Cuando la puerta se abrió, con un chirrido infernal magnificado mil veces, Carmín abrió sus ojos, los abrió realmente, y como saliendo de un sueño, las viscosidades diéronle asco. Miró en torno, olvidando ya la fuente del sonido que habría de despertarla.

Miles de vísceras le rodeaban, una pieza inmensa, llena de órganos varios. A Carmín le resultó de repente todo borroso, no sabía porqué su entorno le resultaba a ratos ondulante. Miró sus manos y su ropa (una bata blanca) manchados a más no poder de un tinte rojo enfermizo. LA impresión de todo ya no le dejaba espacio en la cabeza.
Profirió un alarido de muerte, y lo último que vió antes de desmayarse, fueron las vellosidades de unos largos brazos que se le acercaban,  erizarse por la agudeza de su aullido.

Le inyectaron para que siguiera durmiendo.

20100312

Porque a pesar de todo...

Tecleó una nota rápida y la envió por correo electrónico. Sabía que al cabo de dos segundos su mensaje sería recibido y retransmitido, al momento no importaba, tenía otros lugares donde estar.
Se paró del incómodo asiento, plano de tanto uso y se dirigió al mezón central. Mientras caminaba acomodó la mochila a su cansada espalda.
La mujer del mezón, rumiando un chicle le informó que debía pagar $200. Mira que doscientos pesos por 5 minutos, si lo podía haber dejado gratis... Omitió los comentarios y palpó el bolsillo derecho en busca de las dos ansiadas monedas. Se las tendió, dio media vuelta y se fué.
Llovía. Miró hacia arriba para recibir el agua en su cara. Puaj, sabe mal. Bajó la cabeza y se encaminó al paradero más cercano. Se subió a la primera micro que encontró.

La receptora del mail mientras tanto, cabilando sus opciones decidió por hacer caso del mensajel. No es, despues de todo, como si quisiera hacer algo más... no?

Pero cuando ella salió a la calle, no fue lluvia lo q golpeó su cara, si no un fuerte viento, que la siguió durante todo el recorrido.
¿Por qué? no sé... ¿Debería?... Es siempre el mismo dilema, y aún así... con tanto daño que nos causamos siempre... Y el viento cada vez más fuerte ¿por qué?... Mientras el maizillo que pizaba se elevaba a ratos en un intento por volar, pasó sin preocuparse por una plaza de juegos y siguió caminando ligero.

Descendió a la décimosexta parada del bus que lo llevaba. Cuando bajó la vio caminar apresurada adentrándose en las espezuras de lo que ahora era un parque. No quizo correr, supo que la alcanzaría igual.

Pacientemente caminó tras ella por lo que fueron quizás dos horas, no supo cuando la plazita, que pasó a ser parque, pasó a ser un bosque. No lo notó, ni tampoco lo notó su perseguida.

Cuando el bosque dejó de tener sus árboles tan juntos, para dejar entrever a lo lejos arena, ella disminuyó el paso, sin parar aún de caminar. Llovía y corría viento por igual. Él mantuvo su paso.

Ahora los árboles, cada vez más escasos dejaron de aparecer. Cuando ella se detuvo, y notó q estaba en medio de la nada, se quedó parada ahí, mirando la nada, con miles de pensamientos arbitrarios dando vueltas en su cabeza. Luego nada, su mente en blanco.

Apreció que su presa caminaba tranquila y luego se detenía en seco. Entonces corrió hacia ella. La miró... Y las palabras sobraron. Le tocó el hombro, con cuidado, casi como si temiese hacerle daño.

Ahí donde no había nada, el viento y la lluvia abundaban.

Y sintió la descarga...

Sus mentes quedaron en blanco y no supieron más del bosque que una vez fue una plaza y luego un desierto, ni de micros ni de pasos acelerados.

Y ella se deshizo... él la aferraba, instintivamente impidiendo que se separasen... se hizo viento... y él la lloro hasta que se transformó en una lluvia de lágrimas.

El viento aumentó de un modo increible, haciendo que la arena en torno se alzase. y corrió cada vez más rápido, haciendo que las gotas de lluvia que aún bajaban de la extensión de lo que alguna vez fue un joven, danzaran a un ritmo un poco extraño...

Danzas concéntricas... y el mensaje, supo entonces, fue retransmitido... porque luego las rocas también empezaron a saltar y el mar a revolverse... y el fuego despertó de su letargo para acompañarles...

Ella y él los que siempre se amaron avanzaron haciendo el camino inverso... y destruyeron todo lo que encontraron en el trayecto, porque estaban juntos y nada importaba.

Lo que fue mar, lo que fue fuego... se desplazó como la luz hacia la pasiva roca... para que en el presuroso encuentro desaparecieran ambos en una neblina demasiado densa como para respirar.

El rayo busó incesante a la roca y también, con inusitados brillos se amaron hasta la muerte. El miedo de la roca, por su inminente destrucción, ahogado por su temple y pasividad. Cuando ambos se juntasen no podrian existir tampoco.

Y asi en su danza un poco translúcida el viento y la lluvia dejaron de ser tales y fueron ella y él, despedidos en direcciones opuestas hasta que hubieran aterrizado y recuperados sus cuerpos.

Y pudieron encontrar sus miradas aunque estaban a muchísimos metros de distancia. Porque a pesar de todo se amaban. Porque a pesar de todo dolían. Dio cada uno media vuelta.

Cada uno que murió, se irguió y dio media vuelta.

Y volvieron a la rutina de ignorarse, hasta que alguien nuevamente los despertara del letargo enjaulado en mentes humanas.

20100123

Marcel.

El cobertizo impedía que se mojase con el torrencial que azotaba la calle a esas horas de la noche. Aunque llevaba paraguas, el viento furioso arrastraba todo a sus paso, mientras hacía que la lluvia en su verticalidad tomase diagonales inesperadas, por tanto, el paraguas no le servía para mucho.
El vaho que prosiguió a su suspiro se hizo visible entre las sombras y mientras tanto, la luz plasmando su silueta contra la pared en que esperaba, reflejó en su exhalación el frío que sentía.

Esperaría hasta que se congelase, y aún así seguiría esperando. Lo sabía, en sus entrañas yacía la seguridad de sus pensamientos y de su terquedad.

El pasar de las horas no aminoró la tormenta ni la intensificó, seguía cayendo constante mientras masas de aire frío le hacían danzar a diferentes ritmos. Pero el agua seguía cayendo con la misma energía.

Se durmió. La palidez de su piel asemejando ya la palidez de una nube en un día de primavera, iba tomando matices púrpuras. Se notaba en sus labios, donde el rojo iba dando paso al morado delineando delicadamente sus boca, extendiéndose luego en cada curvatura de su rostro.

Parecía una estatua. La luz del amanecer iluminó de a poco sus adormecidas extremidades, mientras el anaranjado tono del sol luchaba contra el inamovible halo azul de su tez.

Cuando él la encontró, bella incluso en su letal estado, no sintió culpa ni pena, sólo recogió del suelo el bulto que era ahora y salió del cobertizo buscando una puerta de entrada a la casa. Al encontrarla, empujó levemente para abrir y entrar, se dirigió con pasos seguros a la habitación de ella con el sigilo propio de una serpiente y la recostó en su cama.

La miró. Sacó de su bolsillo izquierdo una esfera pequeña con un extraño grabado y atada a una  cadena y la puso al rededor de su cuello. Sería un recuerdo de él para ella. Su despedida.

Esperó a que recobrara la respiración, y se marchó.

20091005

Escape a dos manos /incompleto/

Cuando la luz rebotaba en su rostro, dio cuenta que su pelo era lo único que le impedía a los invasivos rayos del sol cegarla a través de sus delgados y pálidos párpados.
Se trató de parar, sonriendo con la calidez del astro en sus ojos cerrados.

Tropezó. Pensó que quizás el haber dormido tanto le había afectado el equilibrio.
intentó recordar todo lo que había dormido mientras yacía en un mullido colchón de lana, con diversas almohadas y cojines rodeándola.

No recordaba hace cuanto había estado despierta, ni hace cuanto que estaba dormida, se le ocurrió chequear la hora en su reloj, pero mientras giraba su mano izquierda notó que éste ya no estaba ahí.

Se dio cuenta por primera vez que no estaba en su pieza, al intentar asir el reloj de su velador y al pasar de largo su mano, rebotando contra el suelo.

Se miró, no habían razgaduras en su ropa, pero la cama estaba cubierta de sangre. Desesperada, se irguió para volver a caer. Sus pies estaban atados, el suelo regado en ropa y papeles aleatoriamente repartidos. No había puertas,  y la única luz venía de una única ventana que reinaba el techo, así como suspendida en medio de la nada.

Colgado desde el centro de la pieza, un cuchillo. A su alrededor miró desconcertada, tratando de encontrar algo que le ayudase  a llegar hasta el cucchillo mientras la angustia de su pecho subía hasta alojarse en su garganta.

Los pies le temblaban, quizás por el largo periodo de inactividad. Sus ojos se fueron acostumbrando lentamente a  la luz de la habitación perezozamente, y con algunos tropezones intentó avanzar hacia el centro del lugar, en donde se encontraba el cuchillo, reflejando la poca luminosidad de la habitación. Hasta encontrarse bajo de éste no comenzó a sentir dolor.


Pero no el sufrimiento de  los músculos adormecidos, sino un dolor punzante que se internaba en la planta de sus pies. Con miedo bajó la mirada hacia el suelo, estaba lleno de trozos de espejo rotos que anteriormente no había notado debido a las almohadas. En ese mismo instante, en una de los cirstales rotos vio reflejado una especie de dibujo que no había notado antes. El color primario de éste, junto a la luz difuminada por la ventana, daban la impresión de que el contorno de los trazos estuviese en llamas. 

¿Era eso sangre?  Su respuesta se dió al bajar desde el bosquejo una escarlata y tibia hota. Miró hacia arriba, y otra gota cayó ahora en su cara, bajando de su nariz a su boca, delineando la comisura de sus labios. Eran letras. Intentó enfocarlas pero había perdido sus lentes. Hizo un último esfuerzo para poder vislumbrar aunque sea parte de los escrito, podríamos decir que sentía una morbosa obsesión por saber...

Con cuidado agarró uno de los trozos de espejos rotos para cortar las cuerdas que ahorcaban sus pies, necesitaba moverse a un punto diferente de la habitación para poder enfocar mejor (o poder encontrar sus lentes). Comenzó a razgar las cuerdas con zuma delicadesa, pero no pudo evitar cortarse. Gotitas rezumantes teñían sus ropajes, pero era sólo una herida superficial. Terminó de cortar las cuerdas y se paró, haciendo una mueca mientras sus pies volvían a recibir la dote normal de sangre.

No vio que sus sangre se mezclaba con la caída de las letras, y acto seguido, como en una danza de apareamiento, el nuevo líquido se disponía a determinar su hogar.


Aferrando de forma completa el trozo de vidrio roto, mas sin darse cuenta de aquello, logró caminar, no sin dificultad y tambaleándose, hasta el lugar en donde la luz caía más fuerte.  Sentía la imperiosa necesidad de averiguar, sin saber cuánto dependía de ello.


Lentamente, comenzó a  juntar las letras que con esfuerzo distinguía por separado, hasta que juntándolas comenzó a formar palabras y éstas la oración última. Le obsequiaron su sabiduría muerta, incapáz de explicarse por si misma: "no la dejes caer"

Pero, no dejar caer qué? había caso algo en esa habitación que estuviese flotando o algo que no se debiese dejar caer? Como un flash de luz se vino a su mente la imagen de un cuchillo. Al instante, sus ojos se dirigieron hacia éste. Si requería cortar algo, el filo ya no era tan necesario: tenía a su disposición un montón de vidrios rotos entre los cuales esoger. Porqué debería entonces sacarlo?...

No cuadraba. Tomó el cojín más cercano a su mano derecha y lo atrajo hacia sí. TRató de hundir su cabeza en éste, y lo único que logró aparte de percibir un extraño aroma frutal, fue darse un cabezazo. Parecía que el cojín no estaba vacío. Sentía que nada era lo que parecía.

La desesperación libraba una batalla en su mentepor abarcarlo todo, en un intento desesperado de angustia y sin pensarlo mayormente cogió un pedazo de vidrio y lo hundió en la almohada anteriormente usada. ante el minimo corte éste liberó de inmediato toda la presión que contenía y un millón de plumas ahora levitaban en el aire, casi parecía absurdo que tantas hubiesen salido de una sola almohada. Pero ahí estaban posesionándose lentamente del espacio libre de aquella sala.

En la funda del cojín encontró una barra de chocolate, la luz sacando destellos dorados y cobrizos de su envoltorio. No se sentía hambrienta, pero se le ocurrió que si seguí a cotando con los trozos de vidrio así, terminaría por morir desangrada. Decidió que para la próxima envolvería el trozo punzante en la funda del cojín. Le quedaban 6 cojines por destrozar. Dejó la barra de chocolate al lado del colchón.

Al termianr de pelear con los cojines, su provechoso resultado fue un montón de plumas, un anillo y un diagrama de reproducción de

Sueños

Nubes que no puedes detener, el viento va muy rápido. Te paras a recoger una hoja que te llama la atención: 4 puntas en un degradé de color. Y es reflejado ahí más que verde amarillo rojo y café, el ocaso de tu vida. Se te fue la oportunidad en un instante. Intentas alcanzar el viento que lleva la nube de tus sueños, intentas igualarle y crees estar ganándole, pero tu camino se acaba, y el viento tiene todo el cielo por delante.

Viene un alto, aquí está el barranco, ¿y qué decides hacer? ¿saltar persiguiendo en un vano intento lo que se te va? ¿o dar la vuelta y dejar de soñar?

Los sueños son irrenunciables, sólo saltas en la espera de que ocurra un milagro. Ves la tierra acercártele con una aceleración de nueve punto ocho metros por segundo al cuadrado, pero ¿qué te importa la gravedad cuando es tu más grande sueño quién se escapa? y entonces las lágrimas tiran de ti, como queriendo amarrarte al viento, y piensas que quizás así sea y que quizás no estés cayendo del todo, y la negación en tu cabeza se contrapone con la otra voz, esa que se hace cada vez más fuerte, esa que te dice que quizás debiste haber dado la vuelta. Y cierras los ojos intentando no ver tu final, ese que te espera  en esas rocas negras, y la luz disminuyendo mientras intuyes que en este mundo no hay nada más.